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Aquella noche me maté al volante

Volvía del trabajo por la autopista a 160 kilómetros por hora, la velocidad perfecta para viajar. Llegué a casa, me puse el pijama, infusioné una menta piperita, y me acosté. Pero entonces empecé a ver imágenes de mi terrible accidente de tráfico. No estaba soñando, porque mi reloj inteligente vibró varias veces alertándome del incremento del ritmo cardíaco. Vi mi coche destrozado en el arcén de la autopista, la luna delantera hecha pedazos, y mi cuerpo tirado en mitad de la calzada, tapado con la típica manta amarilla de aluminio para cadáveres. Había varias patrullas de policía, una ambulancia y una larguísima cola de coches en el otro carril, frenando para poder contemplar el espectáculo. De repente desaparecieron, y volví a estar en mi dormitorio. ¿Sabes lo que creo? Que todos nos matamos varias veces a lo largo de la vida, pero que nuestra alma, esencia, o como le quieras llamar, salta automáticamente a un universo paralelo en ese preciso instante, y solo morimos de forma permanen

Esta maldita verruga

Esta maldita verruga está acabando conmigo. Una protuberancia dura y prominente que se ha instalado en mi dedo pulgar de la mano izquierda. Un montículo calloso y pertinaz que va creciendo poco a poco con la intención de suplantarme, de hacerse con el control y ser más importante que su huésped. Palabra esta que, irónicamente, sirve para designar tanto al que aloja como al alojado. He intentado acabar con ella por todos los medios. Cortauñas, limas, ungüentos, fuego, ingeniería inversa, lápices perforadores... hasta congelación. Todo ello sin resultado. La endemoniada resulta herida, pero nunca muerta, siempre resurge como un ave fénix cárnico y repulsivo.  Durante unos días, uno cree haberse librado de ella, pero entonces vuelve a crecer, de una noche para otra, y cuando nadie la ve, te absorbe la energía y la utiliza para alcanzar una nueva adolescencia. Un amigo me recomendó que acudiera a un chamán moderno que tiene como especialidad precisamente la de eliminar verrugas crónicas. E

Ópera prima

No he vuelto a pisar un cine desde ese día. Era la ópera prima de dos directores jóvenes que habían ganado un montón de premios por sus cortometrajes y ahora saltaban a la gran pantalla. Habían decidido grabar una película de terror porque consideraban que eso les eximía de la crítica. En el inconsciente colectivo, las películas de terror son, en su mayoría, extremadamente malas. Por eso, cuando alguien va a ver una película de miedo, se instala en una especie de condescendencia, como si hablasen de un tipo de cine discapacitado: "Para ser una película de terror no está nada mal" o "A ver, dentro del género está bien".  El problema, en este caso, no fue la película, que no era mala (el típico asesino serial que deja una carta de póquer sobre sus víctimas), sino lo que ocurrió después de los créditos, cuando se encendieron las luces de la sala de cine. Un espectador gritó de espanto en las filas inferiores, y enseguida se apelotonaron varias personas a su alrededor.

Se busca minotauro

¡Atención! Se busca minotauro perdido. Responde al nombre de Asterión, pronunciando la ese sin aspirar. Se perdió hace tres días en el parque de Creta, mientras jugábamos a tirarle humanos que habíamos cazado el día anterior. Mi padre le lanzó uno un poco rollizo más lejos de la cuenta, y Asterión fue corriendo a cogerlo, perdiéndose de vista.  Lo buscamos por toda la zona mirando dentro de cada seto, pero no había ni rastro de él. Me asusté mucho porque Asterión es mi mejor amigo, y empecé a volar muy alto para ver si lo encontraba, con tan mala suerte que las alas retráctiles perdieron presión y me estampé a toda velocidad contra un árbol. Entonces mi padre vino en mi ayuda y me consoló: "Tranquilo, Ícaro, hijo mío, es solo un minotauro, pero te aseguro que lo encontraremos". No lo hemos encontrado.  Por favor, a todo el que lea esto, si sabe cualquier información acerca del paradero de Asterión, que pregunte por Dédalo o Ícaro. Muchas gracias.

Deseo tener un superoído

Obtuve la superaudición en una sesión de hipnosis. Nunca he sido una persona fácilmente hipnotizable, pero esta vez puse todo de mi parte para conseguirlo. Me habían asegurado que podría despertar potenciales ocultos de mi cerebro y obtener todo lo que me propusiera. Y yo me propongo muchas cosas. En mitad de ese estado parecido al duermevela, donde no sabes con certeza dónde te encuentras, el hipnotizador me preguntó qué quería conseguir. El tipo que estaba antes que yo dijo que quería tres Porsche aparcados en la puerta, pero yo estaba pensando en algo más aprovechable y barato de transportar. Así que respondí que deseaba tener un superoído, un oído finísimo para poder escuchar conversaciones lejanas donde se hablara mal de mí. Salimos de la hipnosis con un chasquido de dedos, y ya en ese momento supe que algo había ido mal. De camino a casa era incapaz de dejar de escuchar un murmullo incesante de personas hablando de fútbol, del corazón, de política barata y de subir fotografías a

Haga el favor de plastificarse

Hoy he salido a la calle y me he encontrado a la gente plastificada. Al principio pensaba que eran uno o dos de esos pirados que se envuelven con papel de aluminio, pero después de cruzarme con más de diez personas me he dado cuenta de que pasaba algo raro. La gente va literalmente envuelta en plástico transparente, como el que usábamos para forrar los libros del colegio. Están tan bien enfundados, con el plástico tan bien pegado a la piel, que solo se aprecia cuando les incide un rayo de sol y se refleja en la superficie. No entiendo qué carajo está pasando. Al entrar en el supermercado todo el mundo se me ha quedado mirando con mala cara y el guardia de seguridad me ha pedido de muy malas maneras que hiciera el favor de plastificarme o abandonara el establecimiento. Es cierto que llevo unos cuantos meses sin salir de casa desde que anunciaron la fuga radiactiva a la atmósfera, pero joder, no pensé que fueran a cambiar tanto las cosas.  Si lo llego a saber sigo comprando online. Cort

Ausencia de luz

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Las luces dan vida al hogar, vertebran lo cotidiano. Sin ellas, todo se desmorona y se hace tenebroso y oscuro.  La sala de estar, con sus retratos de personas ilustres y amables colgados de la pared, se vuelve siniestra cuando se extingue la luz. Las sonrisas de los cuadros se amplían de forma espantosa mientras te siguen con miradas deshechas. El cuarto de invitados, con el mobiliario exacto para hacer la estancia acogedora, esconde presencias debajo de la cama, con brazos lo suficientemente largos como para agarrarte la cara mientras duermes. Nunca mires un crucifijo con la luz apagada. Ese armario de color marrón oscuro, heredado de varias generaciones, deja de ser vintage y se convierte en viejo y desvencijado. Los goznes de las puertas suenan a huesos fracturándose cuando se abren. En su interior descansa un maniquí con ojos sin párpados y una boca abierta como un abismo insondable en el que solo hay filas de dientes cruzados. El trastero, repleto de cajas, dos bicicletas pinchad

Él

Escribió un libro hablando de su vida, de la terrible y dolorosa adolescencia que tuvo que soportar. Lo editó, lo maquetó y lo autopublicó. La portada también la hizo él, y decidió que sería una fotografía de él mismo. En la contraportada incluyó una cita suya recomendando el libro en cuestión. Luego lo presentó en su propia librería, en un acto al que solo acudió él.

¿Qué tal un poco de alergia?

Un centro médico pionero propone una terapia innovadora contra el estrés. Se trata de inocular, mediante un proceso avanzadísimo de última tecnología epigenética, una alergia temporal muy grave en el paciente. Lo venden con el eslogan "¿Qué tal un poco de alergia?" Los alérgenos a elegir son amplios y variados: polen, gluten, funcionarios públicos, marisco, cacahuetes, partidos políticos... Una vez elegido, el especialista alergólogo le inocula la espantosa sustancia y usted permanecerá terriblemente alérgico durante el periodo de tiempo incluido en el pack. En las próximas semanas, el paciente se encontrará próximo al desfallecimiento, aprenderá lo que es la vida y, en palabras del propio equipo médico, "a dejarse de tonterías".  Si se logra superar el tratamiento, los restos de la sustancia se eliminan por vía fecal, y el paciente gozará de una relajación y una paz mental sin precedentes. ¿A qué espera? ¿Qué tal un poco de alergia?

¡Que me muera ahora mismo si no es verdad!

Y se murió. Le dio un repentino ataque al corazón y se cayó al suelo dándose un porrazo en la cabeza contra un banco. Igual que a él, la Muerte empezó a sobrevenirle a todo el mundo que la tentaba para apuntalar su coartada o su argumento. Maridos y esposas infieles, trabajadores en falso paro, políticos en campaña electoral, el panadero asegurando que no había utilizado aceite de palma en la tarta de cumpleaños.  Todos la palmaban al momento de pronunciar esas palabras. Da igual que la mentira fuese más o menos grave, más o menos relevante. La Muerte no entiende de relatividades. Si decidieras orinar encima de un tendido eléctrico, morirías electrocutado, porque la orina, efectivamente, sale de ti, igual que las palabras "Que me muera ahora mismo si no es verdad". Lo cierto es que tiene su lado bueno. Ya no hace falta subir a un rascacielos, comprar un revólver o una caja de somníferos. Ahora basta afirmar que el mundo es un lugar justo y lleno de oportunidades. Que me muera

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