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Mostrando entradas de marzo, 2022

 

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La Orquesta del Claxon

Ojalá los atascos sirvieran para algo. Ojalá todos esos conductores agrios con hijos llorones en el asiento trasero y un archivador de facturas sin pagar hicieran algo divertido. Componer una melodía todos juntos, sumando tonalidades de cada claxon, primero unos, luego otros, con un policía local como director de orquesta. De esa forma, quizá, ese tipo no se habría bajado a reventarle el espejo al todoterreno que se le cruzó en la rotonda. De esa forma, quizá, el del todoterreno no habría sacado el machete que guardaba debajo del asiento.  De esa forma, quizá, no habríamos estado dos horas en el atasco esperando a que levantaran el cadáver.

Perturbándose

Formaban una pareja diferente. Se dedicaban a ir a los parques y jardines a mirar fijamente a los voyeurs que pululaban por la zona. Se sentaban en un banco próximo a él y entonces empezaban a acariciarse, sin dejar de mirarlo, muy despacio, con mucha atención. El voyeur bajaba el periódico, al principio desconcertado y perplejo, y luego sobrecogido. ¿Acaso no era ese su sueño profesional? ¿No debería él hacer lo mismo y disfrutar del momento?  Pero no pudo. Sintió repentina vergüenza de sus partes pudendas en el punto de mira de aquellos ojos atentos, exigentes, de aquellas sonrisas lascivas. Se sintió violado. Arrugó el periódico y se marchó veloz. Sin mirar atrás.

Fumar de verdad

Me encanta fumar. Pero fumar de verdad, no las mierdas que fuman los chavales hoy en día. Yo, siempre que puedo, fumo puros. Habanos, para ser más exacto. Son caros de cojones, pero es lo único que tolero fumar. Un cigarro convencional se me queda muy corto, y los mentolados... los mentolados me parecen una falta de respeto. Luego están los vapeadores. Por amor de Dios, ¿quién fuma semejante despropósito? Eso no es fumar. Si Cortázar los viera, diría que es el aparato el que te fuma a ti, tú eres el fumado. Te absorbe el oxígeno de los pulmones, y te devuelve vapor de agua con aroma a canela. Con aroma a jodida canela. ¿Pero estás fumando o comiéndote unas natillas? Hoy en día ya ni fumar es de verdad. Como aquel tipo que decía que comer en restaurantes es una mentira. Vivimos una maldita mentira. Entérate ya.  Y fúmate un buen habano, haz el favor.

Cafeína

Era el tío con mayor sensibilidad a la cafeína del mundo. En el resto de las cosas, sin embargo, era una bestia imperturbable: se afeitaba con un wakizashi, fumaba puros antes de desayunar, y dormía en una cama de muelles de los años setenta.  Pero no podía con la cafeína. Con medio café se ponía como una motocross, limpiaba toda la casa, alineaba los cuadros con un cartabón, gritaba por la ventana, y no podía dormir hasta las cuatro de la madrugada, momento en que la dosis cafeínica desaparecía. Entonces se ponía un pijama de esparto y se acostaba tranquilamente para dormir cinco horas y media.

N̶a̶d̶i̶e̶

Los chavales que trabajan como "relaciones públicas" de los bares y restaurantes nunca abordan a una persona si va sola. Es como si uno fuese invisible en mitad de la calle.  Si vas solo, significa que estás loco, y, por lo tanto, no vas a beberte varias cervezas o pedir una ración. Si vas solo en el mundo de la noche, eres un jodido paria, ya deberías saberlo. La próxima vez que tengas oportunidad, un viernes o un sábado noche, despide a todos tus conocidos, pierde la cabeza, y entonces pasea por una zona de bares. Sentirás una mirada vacía por un breve instante, una mirada escrutadora y gélida al comprobar que, ni a un lado ni al otro, te acompaña absolutamente nadie. Si vas solo, eres nadie.

Amor a primera vista

Fue amor a primera vista. Entré en la librería y la vi, era alta, muy guapa, y muy pelirroja. Estaba yendo a hablar con ella, cuando me di cuenta de que se encontraba en la sección de "Novela Romántica".  Me di la vuelta y, afortunadamente, nunca más volví a verla. 

Recomendaciones saludables #1

Que las bolsas de patatas y aperitivos recomienden hacer deporte y llevar una vida sana es como si un atracador te aconsejara ir a la farmacia después de apuñalarte.

Encriptado

Caminaba por la calle distraído y cabizbajo, hasta que reparó en una nota que estaba tirada en el suelo. Algo le había llamado la atención. Se acercó a recogerla y la miró con cuidado: 42 34 (2) 37 5 43 (2) 27 13 (3) Dos cruz Al leerla se palpó el esternón, excitado por el hallazgo. ¿Qué era eso? ¿Un simple juego matemático de series? ¿Un código de algún camello para meter farra? ¿Un mensaje cifrado del Servicio de Inteligencia?  Se quedó allí un rato, sin poder despegar la vista del papel. Tenía que descifrar ese mensaje, podría ser lo que llevaba todos estos años esperando. Era su oportunidad. De repente, un chaval joven se le acercó desde la terraza del bar que estaba al lado y le señaló el papel: — ¡Coño! No sabía dónde había volado, gracias. Llevábamos un rato buscándolo. — Pero...espera, ¿qué es eso? ¿qué significa? — ¿Qué va a ser? Los montaditos que íbamos a pedir... Y se alejó riéndose con el mensaje secreto en la mano, robándole toda su esperanza.

Cartas de los lectores #1

Inauguramos una nueva sección con cartas que nos han hecho llegar algunos de nuestros lectores. Publicamos la primera de ellas, quizá no con el contenido que nos hubiera gustado, pero en Polvos Rápidos queremos ser siempre sinceros y transparentes con el lector. Aquí va: A la atención de quien corresponda: Buenas tardes. Soy lector de su publicación, aunque por poco tiempo. Les escribo para expresar mi total descontento por las últimas entradas que están ustedes publicando, y que están lejísimos de la calidad que yo esperaba cuando me recomendaron el blog. Fallo mío por hacerle caso a mi cuñado otra vez. En "El final de la historia" se ríen de un problema tan serio como la amnesia postraumática, es de tener muy poca vergüenza. En "La novena sinfonía" y "Ese maldito reloj" tienen ustedes las santas narices de hacer una apología miserable de la violencia (con la que está cayendo...), diciendo incluso que va a provocarles un infarto a los vecinos o entrar con

Onicofagia

Manolo tenía un vicio muy feo: se comía las uñas. No solo se las comía, se atracaba de uñas. Mucha gente pica entre las comidas, patatas fritas, cacahuetes... Manolo picaba uñas.  Tuvo que acudir a un especialista. Le cobró ochenta euros por diagnosticarle "onicofagia", que significa que uno se da atracones de uñas. Como solución, le ofreció un tónico especial con sabor a cerumen con el que rociarse las uñas. No funcionó. El cerumen le pareció todavía más apetecible. Consultó entonces con un famoso psicoanalista que le recomendaron en la frutería. Este señor le aconsejó reconciliarse consigo mismo y hacer un pacto de altura: podía seguir comiéndose las uñas, pero única y exclusivamente UNA de ellas, la que él decidiese. Escogió la del pulgar derecho, ya que no era guitarrista. Funcionó. El resto de las uñas volvieron a brotar, jugosas y apetecibles, pero intocables. Y ya está, tampoco le demos más vueltas, no todos los relatos pueden ser de espías soviéticas, viejos que fuman

Si la vida fuese una película

Si la vida fuese una película, no estarías leyendo esto. Estarías de pie, en la barra de un restaurante selecto, con un traje de Armani, tomando un Martini con hielo, y una espía soviética con entrenados encantos se acercaría para flirtear contigo y conseguir sacarte alguna información (porque tú también eres espía, claro. Pero del lado de los buenos). Os miraríais con deseo, y mediríais vuestras fuerzas bailando un tango en mitad del restaurante. Si la vida fuese una película, no tendrías que presentarte en los grupos sociales. Nada más entrar, todo el mundo te reconocería y sentiría una deuda inmediata hacia ti por disfrutar de tu presencia. Se reirían de todos tus chistes, aunque te diese por hablar de yogures o de ecologismo. Todos sufrirían con tu marcha, pero tendrías que tomar un vuelo a San Francisco. Si la vida fuese una película, yo no estaría escribiendo esto. Estaría de pie, en la barra de un restaurante selecto, con un traje de Armani, tomando un Martini con hielo.

La importancia de llamarse Wenceslao Carlos

Era un tipo muy normal, incluso mediocre podríamos decir. No tenía nada destacable, salvo un detalle: se llamaba Wenceslao Carlos Caballero. En apariencia, poco más que un nombre peculiar, pero entrañaba un terrible desenlace. El problema le sobrevino cuando entró a trabajar en una empresa muy grande y en la puerta de su despacho le serigrafiaron "W. C. Caballero". Terminó pidiendo una baja por ansiedad.

Entrevista para La Lámpara de las Letras #1

Aquí os dejamos un fragmento de la entrevista que nos hizo el medio "La Lámpara de las Letras" con motivo de nuestro segundo "mesario". Hemos sido nominados en la categoría de "Blog Revelación 2022". Esperamos que os guste. La Lámpara de las Letras: Bueno, contadnos un poco, ¿cómo surge Polvos Rápidos? Polvos Rápidos: Lo cierto es que llevábamos tiempo sintiendo que algo nos comía por dentro, como una solitaria, pero más gorda. Íbamos por la calle y muchas cosas nos inspiraban: un tipo robándole el bolso a una vieja, un padre hablando de política con su hijo de cuatro años, la música trapera, las cajetillas de tabaco... Pero notábamos que eran cosas que no tenían cabida en los medios convencionales ni en las redes sociales. LL: Así que vuestra idea fue hacer un blog, un medio obsoleto que tiene más de veinte años. PR: [Risas] Así es. Queríamos darle una vuelta de tuerca a los viejos tiempos de Internet. Una vuelta de tuerca muy fuerte, que la partiera, lit

Ese maldito reloj

Ese maldito reloj que suena cada hora, sumándolas todas. Ese reloj de los vecinos que se escucha nueve veces a las nueve de la noche, diez veces a las diez, once veces a las once, y doce jodidas veces a las doce. Es imposible perder la noción del tiempo con ese reloj y disfrutar de la vida.  ¿En qué pensaban cuando lo compraron? Es más, ¿por qué cojones no lo lanzan por la ventana?  Nunca lo he visto en directo, tan solo lo oigo de fondo, a todas horas, todos los días. Tiene que ser un reloj grande y gordo como para escucharse a través de las paredes. Un reloj viejo y marrón, alto, en una esquina. Tiene un timbre agudo y malvado, como una profesora repelente que te avisa de que falta poco para terminar el examen.  ¿Cómo me lo cargo? Colarme por la ventana con un cuchillo en la boca, allanar la casa, quemarla con gasolina, infartar a los vecinos, o comprarme yo un reloj que grite las horas con música de Iron Maiden. No lo sé, todo me vale. Pero algo hay que hacer.

La novena sinfonía

Era la novena reforma en el edificio ese año. Todos los putos vecinos se habían puesto de acuerdo para joderle la vida, ahora que estaba de moda el teletrabajo. Picaban desde la siete de la mañana hasta las siete de la tarde, sin parar ni para comer. No eran obreros, eran demonios hijos de puta abriendo un portal al infierno. Y ya no lo pudo soportar más. Su corazón le dijo que esto se había acabado. Así que fue a la ferretería y compró el pico más gordo que encontró. Tres kilos de justicia metálica con un palo de madera de la venganza. Llegó a casa hecho un animal, se bebió un vaso de vodka, y empezó a meter picazos al suelo del piso y a las paredes. Se subió a una escalera, de la que casi se mata, y aporreó también el techo. Lo destrozó todo.  Al final, lleno de ira y sudor alcohólico, empezó a aporrear el muro que separaba su casa de la del vecino. Una, y otra, y otra vez. Hizo un jodido boquete, y metió la cabeza berreando enloquecido, dispuesto a cargarse a todos esos putos demoni

El final de la historia

No recordaba haber comprado aquella saga de novelas, como tantas otras cosas después del accidente, pero allí estaban, en su estantería. Las devoró en pocas semanas, sin poder pensar en algo que no fuera su trama y los personajes. Cuando terminó de leerlas, descubrió con espanto que no tenía el último volumen de la saga. Necesitaba saber el final.   Corrió a la librería, y al entrar, todos los presentes se le quedaron mirando muy sorprendidos. Se acercaron rápidamente varios clientes pidiéndole un autógrafo, y uno de ellos le suplicó, con lágrimas en los ojos, que escribiera de una vez por todas el final de la historia.   El final de esta historia.

Ello

La gente normal va al cine a ver una película de terror para asustarse por mera diversión. Otros, menos normales, se meten en casas supuestamente encantadas para intentar grabar una psicofonía que luego les ponga el vello de punta, también por pura diversión. Lo mío es un poco diferente. Yo tengo que convivir con ello. No me divierte en absoluto asomarme por una de las ventanas de mi casa y que alguien me salude sonriendo desde la ventana de la otra habitación. Vivo solo.

Gimnasios

Los gimnasios son lugares fríos con luces fluorescentes. Nada más entrar, un guantazo sudoríparo invita a abandonar la estancia. Nos recibe un sonriente monitor (de los de carne y hueso) con una tabla de ejercicios bajo su ingente brazo. Quiere entrenarnos para que consigamos otros brazos ingentes como los suyos. Las piernas le dan igual. Le damos las gracias, pero le decimos que solamente venimos a echar un ojo, que somos mirones de gimnasio. Su sonrisa desaparece y se marcha a entrenar a otras personas más motivadas. Los gimnasios son lugares de culto al cuerpo, donde, como acabamos de comprobar, se permiten las obviedades. En un gimnasio es difícil aburrirse. Uno puede practicar Spinning, Pilatos, Step, Gromenagüer, Agua-Gym, Body-Burn, Estreptococos, y un sinfín de actividades cardiopulmonares. La mejor parte de un gimnasio es la zona de musculación, donde ávidos forzudos cipotudos levantan las propias máquinas para conseguir fabricar todavía más músculo. Más, por favor. Necesitan

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