Ese maldito reloj


Ese maldito reloj que suena cada hora, sumándolas todas. Ese reloj de los vecinos que se escucha nueve veces a las nueve de la noche, diez veces a las diez, once veces a las once, y doce jodidas veces a las doce. Es imposible perder la noción del tiempo con ese reloj y disfrutar de la vida.  ¿En qué pensaban cuando lo compraron? Es más, ¿por qué cojones no lo lanzan por la ventana? 

Nunca lo he visto en directo, tan solo lo oigo de fondo, a todas horas, todos los días. Tiene que ser un reloj grande y gordo como para escucharse a través de las paredes. Un reloj viejo y marrón, alto, en una esquina. Tiene un timbre agudo y malvado, como una profesora repelente que te avisa de que falta poco para terminar el examen. 

¿Cómo me lo cargo? Colarme por la ventana con un cuchillo en la boca, allanar la casa, quemarla con gasolina, infartar a los vecinos, o comprarme yo un reloj que grite las horas con música de Iron Maiden. No lo sé, todo me vale.

Pero algo hay que hacer.


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