La novena sinfonía


Era la novena reforma en el edificio ese año. Todos los putos vecinos se habían puesto de acuerdo para joderle la vida, ahora que estaba de moda el teletrabajo. Picaban desde la siete de la mañana hasta las siete de la tarde, sin parar ni para comer. No eran obreros, eran demonios hijos de puta abriendo un portal al infierno.

Y ya no lo pudo soportar más. Su corazón le dijo que esto se había acabado. Así que fue a la ferretería y compró el pico más gordo que encontró. Tres kilos de justicia metálica con un palo de madera de la venganza.

Llegó a casa hecho un animal, se bebió un vaso de vodka, y empezó a meter picazos al suelo del piso y a las paredes. Se subió a una escalera, de la que casi se mata, y aporreó también el techo. Lo destrozó todo. 

Al final, lleno de ira y sudor alcohólico, empezó a aporrear el muro que separaba su casa de la del vecino. Una, y otra, y otra vez. Hizo un jodido boquete, y metió la cabeza berreando enloquecido, dispuesto a cargarse a todos esos putos demonios cabrones.

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