Por un puñado de Fichas del Casino


Recaredo y Venancio eran muy buenos amigos. Se entendían en casi todos los temas posibles, y en aquellos en los que no, aparecía un respeto mutuo que impedía la discordia. Tenían hasta un jodido saludo propio, consistente en darse un apretón de manos haciendo un malabarismo con la derecha.

Habían sido capaces de superar, incluso, la última frontera de la amistad sin despeinarse: dejarse dinero. Y devolverlo a tiempo. Tal era su confianza.

Pero algo les corrompió. Algo inesperado y funesto.

Fueron al Casino Apócrifo de Matagritones. Era su primera vez en un casino de ese tipo. Adquirieron cada uno un paquete de Fichas del Casino para empezar a jugar. Decidieron separarse, e ir probando los juegos disponibles. Venancio pronto empezó a tener mala suerte, sus fichas bajaban muy rápido. Recaredo, en cambio, no solo consiguió mantenerse, sino que comenzó a duplicarlas. 

En un momento dado, Venancio, codicioso y con los ojos inyectados en ludopatía, se acercó a Recaredo para comprobar cómo iba su fortuna, y de paso pedirle un préstamo de fichas para continuar perdiéndolo. Recaredo, alarmado al ver el estado de su amigo, no supo qué hacer, y decidió mentirle y fingir que también estaba teniendo muy mala ventura.

Venancio, que además de ludópata, era un poco suspicaz, espió a su amigo disfrazándose de crupier y descubrió miserablemente sus amplias ganancias. Se quitó el bigote postizo (los crupieres siempre llevan bigote), y una tormenta de improperios e injurias llovió sobre Recaredo. De nada sirvió que éste le explicara que era por su propio bien, que estaba apostando hasta a su abuela. Venancio no entró en razón, y lleno de ira, prendió fuego al Casino de Matagritones.

Ya en la cárcel, y mientras ensayaba cogiendo pastillas de jabón sin que se le resbalasen al suelo, Venancio pensó en lo paradójico que resultaba haber perdido la amistad de Recaredo en un jodido casino ficticio, donde las fichas no tienen ningún valor real. Lo que nunca consiguió separar el dinero, el alcohol, o las mujeres, lo habían conseguido unas sucias Fichas del Casino.


Continuará...


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