El tipo más sociable


Anselmo era el tipo más sociable del barrio. Cuando salía con su grupo de amigos, se encontraba con gente cada tres calles. En los bares siempre conocía a los camareros, a los encargados y a los dueños. Se hacía fotos con todos, y, especialmente, con todas. 

Frecuentaban toda clase de establecimientos: bares, clubes de alterne, pubs, discotecas... La ruta empezaba por el "Embeleco", cuyo dueño era íntimo amigo de Anselmo, y siempre se saludaban dándose unas palmaditas viriles en la espalda. Tomaban allí unas cañas y unas raciones, y seguían su plan nocturno.

Cuando sus amigos le preguntaban, extrañados, de qué conocía a Fulano, o a Mengana, sus contestaciones siempre eran vagas y elusivas. Amigo de su cuñado, un antiguo compañero de trabajo, un antiguo ligue... Pero estas respuestas no les convencían, había algo extraño en su mirada cuando hablaba de ellos. Así que empezaron a indagar. Hicieron unas preguntas por aquí, y otras por ahí, pero no conseguían esclarecer nada.

Una noche recibieron un chivatazo de un confidente anónimo por mensaje de texto. Se citaron en un callejón tan oscuro como meado, y el tipo apareció con una gabardina gris muy larga y un sombrero de fieltro que le ensombrecía el rostro. No cabía duda, era el Confidente.

Les dijo que Anselmo era un fraude, y que era todo mentira. Los amigos de Anselmo, tan cerca ahora de descubrir el misterio, no lo entendieron. ¿Un fraude? ¿Qué clase de fraude?

Entonces el Confidente les contó la verdad. Una verdad que les dejó helados.

Anselmo pagaba a personas del mundo de la noche para que fingieran ser conocidos, amigos, o íntimos amigos cuando él salía. La comisión dependía del tipo de relación aparentada y del grado de cercanía. En aquel callejón oscuro y funesto, los amigos de Anselmo brillaban ojipláticos. No podía ser cierto. ¿Cómo iba alguien a pagar por eso? ¿Su propio amigo, comprando amistades? ¿Cómo iba a mentir de esa forma tan miserable y ridícula?

En ese momento, Gervasio, que era el más despierto de todos, increpó al Confidente, y le pidió pruebas de las acusaciones. ¿Cómo podían fiarse de él? ¿Quién les aseguraba que todo eso era cierto? "Poca gente de bien lleva un sombrero de fieltro en estos tiempos" dijo Godofredo, el más bajito del grupo.

El Confidente vaciló unos instantes, y entonces se quitó el sombrero, descubriéndose el rostro. Era el dueño del "Embeleco", el jodido Hilario. La sorpresa enmudeció a todo el grupo, y durante unos instantes solo se escuchó el ingente chorro de orina que estaba evacuando un borracho en uno de los extremos del callejón, seguido de un "buff, qué meadón, colega".

Hilario les explicó que llevaba trabajando para Anselmo desde hacía más de cinco años, pero que no le había pagado la cuota en los últimos seis meses, motivo por el cual había decidido traicionarlo y sacar todo a la luz. Podría facilitarles, previo pago, por supuesto, los documentos de buena parte de la trama y cheques por servicio que servirían para incriminarle.

Todos se miraron sin saber qué hacer. Era su única oportunidad. Anselmo jamás asumiría el fraude si no aportaban pruebas. Les diría que estaban locos en mitad del bar, y se reiría escandalosamente mientras abrazaba a una mujer y le daba un beso baboso en la mejilla. Había que comprar esos documentos.

Gervasio y Benemérito, que había estudiado economía, regatearon hasta conseguir un precio justo con Hilario, y este les entregó cinco disquetes con toda la información. Les advirtió de que no fueran al "Embeleco" nunca más, ni ellos ni Anselmo serían ya bien recibidos allí. Este tema le había traído más problemas que beneficios y no quería saber nada más del asunto. Se alejó contando los billetes con su sonrisa de dueño de bar. 



Ya lo tenían, joder. Era increíble, no daban crédito, estaba todo detallado en los disquetes. Nombres, números de teléfono, tipo de relación, facturas, conversaciones... Al parecer, Anselmo acordaba con sus conocidos un lugar y una hora para los encuentros "fortuitos", y pedía en todo momento que fuese lo más casual posible. Les hacía un breve casting de aptitud social y les pedía firmar cláusulas de confidencialidad para impedir que alguno se fuera de la lengua. Había hasta algunas amenazas de muerte a varios actores que no habían desempeñado su papel correctamente en el encuentro. Era un puto psicópata.

¿Qué debían hacer? Si le enseñaban este material a Anselmo, probablemente tendrían graves problemas con él. Tenían que filtrarlo de forma anónima. Todos sus conocidos (los auténticos...) sabrían la verdad y Anselmo caería en un desprestigio social inimaginable del que no se recobraría. No querían destruirlo del todo, al fin y al cabo, era su amigo, y lo había sido durante muchos años, pero la mentira era tan grande que no podían tolerarlo.

Decidieron acudir al periódico local y compartir toda la información con un becario que se mostró dispuesto a escucharlos. Era la historia que necesitaba para salir de la beca y entrar en el salario. Nunca habían confiado en él para un caso relevante, y esta era su oportunidad. Lo estudió todo con detenimiento y prometió escribir un artículo en los próximos días. Si su editor le daba el visto bueno, es probable que saliera en portada. Era un caso insólito.

De camino a casa, al llegar a su portal, Gervasio sintió un cosquilleo en la nuca, como si alguien estuviera observándolo desde algún lado. El dueño del "Embeleco" les había dicho que este asunto le había traído muchos problemas, y empezó a sentirse intranquilo. Buscó en el bolsillo las llaves, pero con el rabillo del ojo alcanzó a ver una sombra pequeña y rápida que se deslizó detrás de él. Una sombra que le propinó un porrazo en la nuca con una tubería de aluminio. Un porrazo del que nunca se despertó.

Una serie de trágicos accidentes acabaron con la vida de los integrantes del grupo. Hilario no tuvo mejor fortuna, y no volvió a subir la persiana de su "Embeleco", ni para Anselmo, ni para nadie más. Al becario del periódico local, por su parte, se lo encontraron tiroteado en una cuneta por una supuesta banda de narcotráfico que estaba investigando para un artículo. Toda la información acerca de la trama de Anselmo fue eliminada y los disquetes quemados con gasolina. Las cenizas se esparcieron en el mar.

Nadie iba a joder al puto Anselmo. Nadie, jamás, pensó mientras se encendía un habano y firmaba un cheque por servicio extra a nombre de su "íntimo amigo" Godofredo.



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