¡Que me muera ahora mismo si no es verdad!


Y se murió. Le dio un repentino ataque al corazón y se cayó al suelo dándose un porrazo en la cabeza contra un banco.

Igual que a él, la Muerte empezó a sobrevenirle a todo el mundo que la tentaba para apuntalar su coartada o su argumento. Maridos y esposas infieles, trabajadores en falso paro, políticos en campaña electoral, el panadero asegurando que no había utilizado aceite de palma en la tarta de cumpleaños. 

Todos la palmaban al momento de pronunciar esas palabras. Da igual que la mentira fuese más o menos grave, más o menos relevante. La Muerte no entiende de relatividades. Si decidieras orinar encima de un tendido eléctrico, morirías electrocutado, porque la orina, efectivamente, sale de ti, igual que las palabras "Que me muera ahora mismo si no es verdad".

Lo cierto es que tiene su lado bueno. Ya no hace falta subir a un rascacielos, comprar un revólver o una caja de somníferos. Ahora basta afirmar que el mundo es un lugar justo y lleno de oportunidades.

Que me muera ahora mismo si no es verdad.

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