Ausencia de luz


Las luces dan vida al hogar, vertebran lo cotidiano. Sin ellas, todo se desmorona y se hace tenebroso y oscuro. 

La sala de estar, con sus retratos de personas ilustres y amables colgados de la pared, se vuelve siniestra cuando se extingue la luz. Las sonrisas de los cuadros se amplían de forma espantosa mientras te siguen con miradas deshechas.

El cuarto de invitados, con el mobiliario exacto para hacer la estancia acogedora, esconde presencias debajo de la cama, con brazos lo suficientemente largos como para agarrarte la cara mientras duermes. Nunca mires un crucifijo con la luz apagada.

Ese armario de color marrón oscuro, heredado de varias generaciones, deja de ser vintage y se convierte en viejo y desvencijado. Los goznes de las puertas suenan a huesos fracturándose cuando se abren. En su interior descansa un maniquí con ojos sin párpados y una boca abierta como un abismo insondable en el que solo hay filas de dientes cruzados.

El trastero, repleto de cajas, dos bicicletas pinchadas y muebles desmontados, deja de existir cuando la bombilla tenue se funde. En su lugar, en esa oscuridad densa y malsana, la temperatura desciende en picado y se escucha una voz rasgada que susurra "estoy muerto".

Las luces acogen, resguardan y protegen. Pero cuando se extinguen, los objetos y las personas se descomponen. Los relojes se paran a las 3:33 de la madrugada, y lo más cuerdo que puedes hacer es colgar una soga de una de las lámparas apagadas que ya no van a encenderse nunca más.



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