Deseo tener un superoído



Obtuve la superaudición en una sesión de hipnosis. Nunca he sido una persona fácilmente hipnotizable, pero esta vez puse todo de mi parte para conseguirlo. Me habían asegurado que podría despertar potenciales ocultos de mi cerebro y obtener todo lo que me propusiera. Y yo me propongo muchas cosas.

En mitad de ese estado parecido al duermevela, donde no sabes con certeza dónde te encuentras, el hipnotizador me preguntó qué quería conseguir. El tipo que estaba antes que yo dijo que quería tres Porsche aparcados en la puerta, pero yo estaba pensando en algo más aprovechable y barato de transportar. Así que respondí que deseaba tener un superoído, un oído finísimo para poder escuchar conversaciones lejanas donde se hablara mal de mí.

Salimos de la hipnosis con un chasquido de dedos, y ya en ese momento supe que algo había ido mal. De camino a casa era incapaz de dejar de escuchar un murmullo incesante de personas hablando de fútbol, del corazón, de política barata y de subir fotografías a una red social. Los vehículos atronaban increpándose unos a otros, y un policía local que dirigía el tráfico cortaba el aire con un cuchillo acústico.

Llegué a casa y me acosté. Hasta mis sueños fueron terriblemente ruidosos. Esto no era lo que yo había pensado. Al día siguiente llamé por teléfono al maldito hipnotizador y le exigí que me devolviera mi audición de siempre. Una escandalosa carcajada retumbó al otro lado del auricular; me contestó que la próxima vez tuviera más cuidado con lo que deseaba. Le pregunté también por el tipo de los Porsche, y según había podido saber, lo detuvieron esa misma mañana por robar un concesionario. Colgué sin despedirme.

El vecino de arriba, ya de por sí escandaloso para tímpanos normales, se tornaba insoportable para mi oído hiperestimulado. El de abajo zurraba a los niños con un cinturón muy largo mientras discutía de economía con su esposa. El de la derecha mantenía sexo fetichista con una amante, y de la izquierda estaba escribiendo en un pergamino del siglo XV con una pluma vieja JODIDAMENTE RUIDOSA.

Ya no podía aguantarlo más. Cogí la caja de herramientas del armario y saqué un destornillador largo y puntiagudo. Me lo introduje en el oído izquierdo, y le propiné un golpe seco y certero con el martillo. Caí de espaldas, el mundo se volvió negro, denso como un volcán, y me desmayé.

Desperté en una cama de hospital. Estaba asustado, pero no escuchaba nada, lo cual me tranquilizó a pesar de que sabía que algo grave me había ocurrido. De repente sentí un avión despegando a mi izquierda cuando abrieron la puerta y entró el neurólogo a chillarme a pulmón abierto que se alegraba mucho de que hubiera despertado, pero que tenía una mala noticia que darme: sufría una parálisis cerebral completa.

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