Esta maldita verruga


Esta maldita verruga está acabando conmigo. Una protuberancia dura y prominente que se ha instalado en mi dedo pulgar de la mano izquierda. Un montículo calloso y pertinaz que va creciendo poco a poco con la intención de suplantarme, de hacerse con el control y ser más importante que su huésped. Palabra esta que, irónicamente, sirve para designar tanto al que aloja como al alojado.

He intentado acabar con ella por todos los medios. Cortauñas, limas, ungüentos, fuego, ingeniería inversa, lápices perforadores... hasta congelación. Todo ello sin resultado. La endemoniada resulta herida, pero nunca muerta, siempre resurge como un ave fénix cárnico y repulsivo. 

Durante unos días, uno cree haberse librado de ella, pero entonces vuelve a crecer, de una noche para otra, y cuando nadie la ve, te absorbe la energía y la utiliza para alcanzar una nueva adolescencia.

Un amigo me recomendó que acudiera a un chamán moderno que tiene como especialidad precisamente la de eliminar verrugas crónicas. El procedimiento es sencillo: el afectado debe escribir su nombre en un pequeño papel y quemarlo delante de un olivo. El chamán entonces realiza una inscripción en la corteza del árbol y, milagrosamente, la verruga desaparece en el curso de unos días.

Conmigo no ha funcionado. No solo no ha funcionado, sino que el jodido olivo se secó de raíz y el chamán la palmó de un infarto unos días después. Pero esto se ha acabado, voy a jugar mi última carta maestra, me voy a amputar el ded...

(...)

Estoy TAN cansada de este maldito humano. No hace más que robarme nutrientes para moverse, comer y hablar, y no encuentro la forma de librarme de él. Qué gasto tan inútil y efímero para una vida tan corta y sin sentido. 

Ya es hora de jugar mi última carta maestra.

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