Ópera prima


No he vuelto a pisar un cine desde ese día. Era la ópera prima de dos directores jóvenes que habían ganado un montón de premios por sus cortometrajes y ahora saltaban a la gran pantalla.

Habían decidido grabar una película de terror porque consideraban que eso les eximía de la crítica. En el inconsciente colectivo, las películas de terror son, en su mayoría, extremadamente malas. Por eso, cuando alguien va a ver una película de miedo, se instala en una especie de condescendencia, como si hablasen de un tipo de cine discapacitado: "Para ser una película de terror no está nada mal" o "A ver, dentro del género está bien". 

El problema, en este caso, no fue la película, que no era mala (el típico asesino serial que deja una carta de póquer sobre sus víctimas), sino lo que ocurrió después de los créditos, cuando se encendieron las luces de la sala de cine. Un espectador gritó de espanto en las filas inferiores, y enseguida se apelotonaron varias personas a su alrededor. 

Me acerqué a ver lo que sucedía, y aun hoy puedo ver a esas tres chicas con el cuello degollado reposando en el asiento, la vista perdida en la pantalla. La que estaba sentada en el centro tenía una reina de corazones en el regazo.

Lo que pasó después se nubla en mis recuerdos. El acomodador desmayándose, los vigilantes de seguridad obligándonos a salir de la sala, y la vista lejana desde la puerta: las tres chicas en la fila 6 con sus cuellos en una posición imposible.

Nos retuvieron varias horas en una sala del recinto, donde todos los espectadores fuimos interrogados por la policía. No consiguieron detener a nadie. Quién lo hizo y cómo, es algo que todavía me produce escalofríos en la espalda.

La película fue censurada y retirada de los cines, y los directores acusados de homicidio imprudente. Algunos periodistas se atrevieron a insinuar que había sido un monstruoso ardid de marketing de la productora, otros que era una metáfora de lo lejos que estaba llegando el capitalismo salvaje, y muchos empezaron a decir que deberíamos eliminar las películas de terror de la industria para evitar que los enfermos mentales fuesen influenciados por su contenido violento. 

No he vuelto a pisar un cine desde ese día. No sería capaz de volver a estar en una sala a oscuras con personas alrededor, sabiendo que alguien lleva escondido en alguna parte un cuchillo de carnicero y una baraja de póquer.

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