Snacks exóticos


¿El peor día de mi vida, dice usted? Lo recuerdo vívidamente. Cada cierto tiempo me asaltan imágenes de las que no puedo despegar la mente, como una caravana de coches morbosos frente a un terrible accidente de tráfico. 

Un buen amigo acababa de regresar de Tailandia y me había traído un regalo. Era una especie de snack industrial que allí tenía mucho éxito, parecido a las pipas, pero que se masticaba entero, sin pelar. 

No me gusta probar comidas exóticas, pero Tomás insistió en que me lo quedara. Tenía pensado tirarlo en cuanto se fuera, pero supuse que no me iba a matar un tentempié, por pocos controles sanitarios que hubiera pasado. Abrí el envase con unas tijeras y un soplo de aire se precipitó al exterior. Me llegó un olor terrible y nauseabundo, como si llevara ahí dentro eones y hubiera abierto una tumba egipcia podrida de plagas.

Lo que pasó después me sigue provocando escalofríos y temblores en la nuca. Un puñado enorme de insectos como cucarachas desmesuradamente grandes salió despavorido del paquete subiéndome por todo el brazo hasta el cuello. Grité como nunca he gritado en mi vida y corrí espantado por toda la casa, intentando sacudirme ese abismo negro de bichos inmundos.

A diferencia de las cucarachas, que huyen en cuanto detectan una presencia, estas alimañas satánicas parecían disfrutar de la situación y se fueron extendiendo por todo mi cuerpo, mordiéndome con lo que sea que tuvieran para morder e inyectándome veneno allá por donde pasaban.

No sé cuándo perdí el conocimiento, pero la última imagen que recuerdo es estar tendido en el suelo del pasillo, oyendo un fuerte zumbido como de grillos y sintiendo decenas, cientos de patas recorriendo mi cara e introduciéndose en mi boca.

Desperté en el hospital, y nada de esto había sido un sueño. Todo era tan real como los cientos de picaduras que poblaban mi piel desde los pies hasta mi garganta. Se encontraban en la habitación el médico de urgencias y mi amigo Tomás, que no paraba de pedirme disculpas entre sollozos.

Al parecer se había dejado la cartera y al volver escuchó mis gritos, llamando en seguida a emergencias. El médico me explicó que parecía tratarse de una variante extremadamente rara de insecto blatodeo que se creía extinta en la actualidad, que no entendía cómo habían llegado hasta ahí, y mucho menos cómo habían sobrevivido tanto tiempo. Al escucharlo, una oleada de escalofríos me recorrió la espalda, provocándome un intenso dolor debido a las picaduras. Por lo visto, eran venenosos, aunque no mortales, si bien había recibido una dosis alta de la toxina.

En ese momento me giré hacia Tomás y le pregunté qué habían hecho con esos bichos del infierno. El médico y él intercambiaron una mirada sombría que me provocó un terrible pavor.

Estaban dentro de mí.

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