Máquina, monstruo


El día en el que Bricio descubrió que tenía poderes mágicos, ya era tarde. La suya era una magia diferente, sin efectos especiales, sin luces deslumbrantes ni rayos cegadores. 

Ese día, Bricio se había encontrado con su viejo amigo Basilio, al que hacía mucho que no veía. Se saludaron efusivamente, y tras unos minutos de charla insustancial, se despidieron con el famoso "a ver si tomamos algo", que en la jerga cotidiana significa "espero no volver a cruzarme contigo".

Bricio, nos vemos, ¡máquina!
Venga, Basilio, cuídate, ¡monstruo!

De repente, Basilio se quedó petrificado y el ambiente se condensó. La temperatura empezó a subir, y los ojos de Basilio se le salieron de las órbitas. Un cuerno largo y oscuro le brotó de la espalda mientras su torso comenzaba a ensancharse y su boca se desencajaba para albergar dos colmillos largos como palos de billar. Bricio contemplaba paralizado cómo su amigo crecía hasta alcanzar los cinco metros de altura y le miraba con unos ojos terribles inyectados en sangre, unos ojos de querer tomar algo: a él.

Basilio, o lo quedaba de su persona, agarró a Bricio de un zarpazo con su garra inmensa y se lo llevó a las fauces abiertas, dando buena cuenta de su viejo amigo. Luego se giró hasta mí entornando los ojos, como si pudiera verme aquí sentado, escribiendo. Como si pudiera tomar el control de lo que va a pasar a continuación.

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