No te fíes ni de tu sombra


Los telediarios habían anunciado el paso de un cometa próximo a la Tierra que solo era posible avistar cada varios miles de años. No sabemos quiénes fueron los desgraciados que lo presenciaron antes que nosotros, en los albores de la civilización, pero esa noche del 25 de diciembre, sorprendentemente cálida, todo el mundo se echó a la calle para asistir al regalo de Navidad que nos enviaba el universo.

Se pudo contemplar en gran parte del hemisferio norte. Casi 7 minutos resplandeciendo en el firmamento como si fuera un meteoro de colores, iluminando a todo el que alzaba la vista y proyectando inquietantes sombras nocturnas en los espectadores.

De improviso, se extinguió, y la noche se decoloró con un negro umbroso y opaco que contrastaba con toda la luz que lo había precedido. 

A la mañana siguiente, el Sol reveló la maldición que había llegado desde los confines del espacio. En cuanto se derramaron los primeros rayos, los más madrugadores descubrieron que su sombra se separaba de ellos mismos y adquiría vida propia. Salían de las paredes, del asfalto, de la tierra. Conforme el Sol iba ascendiendo, más Sombras despertaban, hambrientas.

Las comunicaciones cesaron en cuestión de horas y la civilización cayó en un pozo insondable de muerte y desesperación. Al final del día, más de 3500 millones de Sombras poblaban el planeta, densas como la noche, deambulando por las calles, ávidas de carne con sus horribles dientes de sierra, esperando a que el Sol cayera para gritar y correr.

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