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Allí se mueve la mafia rusa


Estoy tumbado en una cama de diseño, mirando por la ventana del undécimo piso de un rascacielos en una ciudad turística que no puedo nombrar. Hace un calor tan sofocante que podría jugar al curling con mi sudor.

Un estruendo repentino me hace saltar del colchón. Escucho golpes y gritos que provienen de las escaleras del edificio, acercándose a mi estudio. Es una zona tranquila, en el centro de la ciudad, pero entonces recuerdo la solemne advertencia que me hizo mi anciana madre antes de venir: “ten cuidado, que allí se mueve la mafia rusa”.

“Allí se mueve la mafia rusa”. Creo que nadie sería capaz de imaginar un peligro concreto con esa advertencia tan ambigua. ¿Qué es moverse? ¿Y quién forma exactamente la mafia rusa?

Nadie es capaz de imaginarlo hasta que sale despedida la puerta del apartamento, acompañada de un cuerpo volando. Acto seguido entra un segundo cuerpo, este con los pies en el suelo y la cabeza a 1,95 metros, mirando alrededor con expresión fría y serena.

En ese momento pienso que mi señora madre podría haber sido más explícita y aclarar que “la mafia rusa” son estanterías de dos metros con los ojos azules, y que “moverse” significa irrumpir en una vivienda con un cuerpo humano como ariete. Todo claro.

Sin mediar palabra, elige la silla más bonita del salón y le ofrece asiento a su huésped (mío, en realidad…). Arranca las cortinas sin desprecio, como el que lleva haciéndolo muchos años, y ata al desgraciado que, sospecho, iba a moverse lo mismo que sin atar.

Da comienzo una sinfonía de gritos en ruso, con interludios de hostias como hogazas de pan. Una hostia de un ruso de dos metros en directo no se parece en nada a las películas de mafiosos. No tienen eco. Es un sonido seco y veloz que prefieres oír muy lejos.

En realidad, nada se parece a una película de mafiosos, porque estoy mirando la escena en gayumbos y sigo vivo. Así que pienso que es momento de entrar en acción. 

Muy despacio, sin hacer ruido, me pongo los vaqueros, y me largo de mi encantador estudio sin coger las llaves. Para qué iba a cogerlas.

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