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El afilador


Acercaos, os voy a contar algo que sucedió hace tiempo. Aquellos de vosotros que ya peináis canas seguro que recordáis al afilador, un tipo ambulante que iba por los pueblos con una motillo o una bicicleta, ofreciendo sus servicios de afilar cuchillos y utensilios a los parroquianos.

Anunciaban su llegada con un característico silbato muy agudo. Lo solían tocar en escalas ascendentes y descendentes sin parar, por lo que era imposible no reparar en él. Era un sonido familiar y bucólico, con alguna nota de nostalgia por un tiempo pasado que no era mejor, pero así lo recordaba todo el mundo.

En algunos pueblos nació el rumor de que la llegada del afilador traía consigo mal tiempo. Esta observación fue confirmada gracias al empirismo de las gentes, que, efectivamente, comprobaron que había relación de causa y efecto entre un tipo con un silbato y la presión atmosférica.

No solo llevaban razón: se quedaron cortos. ¿Sabe usted por qué desapareció la profesión de afilador? No fue porque ahora todo el mundo compre cuchillos nuevos en lugar de afilar los antiguos. Fue por el incidente.

Una tarde de diciembre, en un pueblo del sur que ya no existe, llegó un afilador con su piedra de afilar acoplada en la moto. Se bajó del ciclomotor y empezó a tocar una melodía puntiaguda, casi cortante. Las gentes del pueblo salieron de sus casas extrañados, pues no eran horas para que llegara ningún vendedor ambulante, y mucho menos con un silbato tan estridente.

El afilador siguió su ronda soplando cada vez más fuerte, hasta que un niño rompió a llorar señalando el cielo, que se había teñido de un color morado y opaco. El firmamento se agrietó y apareció un agujero enorme y denso del que empezó a diluviar como una tempestad.

Los vecinos corrían para escapar de la tromba de agua, mientras el afilador caminaba a paso lento por mitad de la calle principal del pueblo. Alguien le gritó que parase de una maldita vez de tocar ese chisme, y entonces ocurrió.

Del inmenso agujero negro del cielo empezaron a caer cuerpos inertes que iban impactando contra la calzada y los coches, hundiéndoles el techo y partiendo los cristales. La gente entró en histeria y el pueblo entero enloqueció. 

Cuando llegaron los servicios de emergencias caía una llovizna ligera y el cielo había recuperado su color grisáceo. No quedaba rastro del agujero, tan solo un pueblo cubierto de cadáveres y una extraña melodía que se alejaba.




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